Los Hamptons, el paraíso neoyorquino

Cuando allá por 1640 un niño, una mujer y ocho hombres arribaban a la costa sur de Long Island y fundaban el pequeño pueblo de Southampton, no podían imaginar que en poco más de tres siglos esa región salvaje y habitada por los indios Shinnecock se iba a convertir en uno de los parajes más exclusivos de todos los Estados Unidos. Pero entonces no era más que un grupo de casas de madera que fueron construyendo las 43 familias que en apenas tres años llegaron a la localidad. Más tarde se fundarían los asentamientos de Water Mill, Bridgehampton, Sagaponack, Wainscott, East Hampton, Amagansett y, en la punta este, Montauk: lo que hoy se conoce como The Hamptons.

En el extremo occidental de la península que se conoce como Long Island es donde se encuentra Manhattan y la ciudad de Nueva York. A unos 150 kilómetros al este es donde empiezan los Hamptons. Una región salpicada de campos de cultivo donde crecen patatas, maíz, fresas y calabazas, donde el tiempo no pasa por las casas coloniales del siglo XVII que se recortan contra los amaneceres del Atlántico. Las playas de arena fina, los clásicos muelles de madera que se adentran en el océano y los escarpados acantilados recortan la costa que se disfraza con el blanco manto de la nieve en invierno y con los azules y radiantes cielos del verano.

Pero si algo protagoniza el ambiente de este bucólico escenario es el silencio. Un silencio casi pactado, casi como resultado de un contrato y apenas roto por el piar de los frailecillos silbadores que por la época estival se pasean por la península. Ni siquiera los coches perturban la paz. Hubo un intento de construir una autovía, de ampliar la pequeña carretera que une Long Island con el continente, pero tanto los residentes habituales como los estacionales se negaron en redondo. Una carretera traería el ruido y se llevaría la paz, traería la masificación y acabaría con el encanto.

Si alguien es alguien en Estados Unidos casi con total seguridad posee una propiedad en los Hamptons. Ya sea en el mundo de las finanzas, en el de la moda, en el cine o la música, incluso en la literatura o el arte, quien más y quien menos o tiene una casa en esta región, o la ha tenido, o la tendrá. Rupert Murdoch, Steven Spielberg, Paul McCartney, Calvin Klein o Robert de Niro son sólo algunos de los ejemplos de celebrities que poseen una casa en alguno de los municipios al este de Long Island. Pollock y de Kooning pintaron aquí; Roth, Steinbeck y Vonnegut escribieron. Todo el que ha sido relevante en la cultura o las finanzas estadounidenses en el último siglo ha pasado por aquí, casi sin excepción.

Sin duda, algunas de las casas más lujosas y espectaculares que se pueden ver en la Costa Este estadounidense se encuentran en los Hamptons. Con una línea colonial, respetando el estilo clásico de la región, dando un paseo por la zona se puede disfrutar de algunas de las construcciones en madera más bellas del mundo. Grandes propiedades que refugian de los ojos indiscretos a las estrellas que buscan refugio en este enclave rodeado de naturaleza.

Un lugar apartado del tiempo, en el que la discreción y el relax impregnan cada histórico rincón de este romántico paraje. Un sitio al que retirarse, por un tiempo o para siempre, en donde degustar los manjares locales, desde el bogavante hasta las tartas de arándanos, pasando por el vino blanco. Un mundo clásico, donde las fabulosas mansiones coloniales se combinan con el entorno con sus estructuras de madera resistiendo los embates del paso del tiempo y mantienen la vitalidad y personalidad que tuvieron desde el primer día. En definitiva, un sitio del que enamorarse.

Fuente fotografías: Alan Mascord Design Associates Inc, Tortorella y Hamptons Habitat Enterprises

Fuente información: Mercedes Hervás

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Sobre el autor

Enrique Chetrit

Enrique Chetrit

Enrique Chetrit - Gerente de Canexel. Toda una vida dedicada al sector de la construcción de casas de madera y uno de los principales impulsores de la importación a nuestro país del sistema canadiense.

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